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Meditando con Laika © Todos los derechos reservados al autor
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A veces la presencia de mi madre me llega como un resplandor, y la veo sentadita sobre su sillón hojeando una de estas revistas de cotilleo, su cabeza de aura gris doblada intensamente sobre unas paginas que ella miraba con un interés infantil y suave.
Y entonces se me llenan los ojos de lagrimas pero me cubro con mis gafas de sol y nadie nota nada, Laika, no te preocupes. Y cuando puedo, me voy andando hasta una de las salidas del pueblo, situada cerca de casa, para mirar el campo.
Hoy me he encontrado con el señor José sentado sobre un trozo de una vieja muralla. Hemos estado contemplando un ratito, uno al lado del otro, el vello verde del horizonte. El sol alto calentaba bastante y era un placer estar sentados así, simplemente. Sin hablar, sin pensar. Enfrente, en un gran recinto, unas ovejas entrañablemente bellas nos miraban, quietas y tranquilas.
El señor José siempre se para aquí, en este trozo de vieja muralla para reposarse de la larga caminata que hace todos los días, que llueva o no, hasta el cementerio. Su Paula está enterrada ahí, desde hace 12 años. Su Paula, su gran amor, su vieja compañera, la mujer de su vida, su gran ausencia, su terrible soledad... Cada día, de un paso ligero, constante, el señor José va hacia ella, a veces con una flor, en este lugar dónde todos vamos a parar, algún día y no se sabe cuando. Es la vida, dice el señor José, es así. Y cuando sonríe todo esto me parece menos terrible aunque durante unos instantes he visto sus ojos húmedos y su mirada vagar en el vacío, allá, dentro de él, en este lugar que nunca podremos entender los otros, los de fuera, este lugar universal dónde las penas y el sufrimiento no se pueden compartir y sin embargo un lugar que todos tenemos.
Una cruz, hubiese dicho mi abuelita, una cruz estas penas y desgracias. Yo no sé. No sé si cruz o luz, o latigazo o simplemente llama. Lo que sí sé es que duele.
Me gusta andar, dice el señor José, siempre he sido muy fuerte, nunca paraba, siempre pa llí, pa llá, y ahora, con mis noventa años hago lo que puedo. Y mientras pueda iré a visitarla todos los días, pa no dejarla sólita. Almenos se que allí está.
A lo alto una cigüeña pasa y no sé que decir. Me quedo quieta, en medio de una extraña paz y pienso en la Paula esperando a su marido cada día, desde hace doce años.
Lydia | Categoria: General | Enlace permanante
Comentario de Corazón... hace 4 años y 49 meses
Comentario de rosa hace 4 años y 49 meses
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