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Meditando con Laika © Todos los derechos reservados al autor
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Ha llovido y caminamos sobre una alfombra de plata. El cielo está aún muy negro y volverán a caer gotas en forma de perlas espesas y suaves. Y los viejos campesinos estarán contentos.
Me gusta andar contigo, Laika, después que la lluvia ha dejado las calles del pueblo como paradas en el tiempo, vacías, limpias, frescas. Y el silencio, y el aire fresco y seco como una piel de manzana.
Tú y yo, Laika, andando como dentro de un cuerpo desconocido. ¿Quién habita estas casitas blancas y sencillas? De vez en cuando una vieja vestida de negro saca su cuerpecillo por la puerta de madera y nos mira, sorprendida y sonriente.
- Buenas...
- Buenas...
Estas calles que ahora la lluvia a refrescado y dado más relieve, me recuerdan las del pueblo de mi abuelita. Me dejo guiar por mis pasos y los tuyos, y por los de mi memoria infantil. Sí, desde hace mucho yo soñaba en habitar en un pueblo como este, tranquilo y blanco.
A lo lejos un gato aparece pero al verte, Laika, se esconde rápido y ágil debajo de un coche.
La lluvia hace relucir el blanco de las paredes, el marrón de los marcos de las ventanas, el negro de las puertas, el verde oscuro de las hojas de estos arboles simpáticos y estilizados que bordean algunas calles del centro. A la izquierda el castillo se deja ver y parece tocar el cielo. Este castillo, construido por un rey que se llamaba Dionís de Portugal, tiene una gran torre y esta es lo primero que uno ve al llegar de Badajoz, una torre medieval, misteriosa y que desprende fuerza, energía, valor, resistencia... Así, quizas, eran los hombres de aquellos tiempos.
Alta de 38 metros la torre parece desafiar al pueblo, y tambien al campo, que lo rodea. Y por la noche, su oscuridad casi tenebrosa mira el universo entero, este cielo tan bello y estrellado y en el cual he aprendido de nuevo a sentir el ligero movimiento del vertigo.
Una brisa ha pasado y el olor de campo ha llegado hasta nosotros, un olor sorprendente, magnifico. Has levantado tu bella cabeza negra y me has mirado, sonriente. En el campo hay gallinas, es cierto y patos, y tambien ovejas pero ahora yo quiero pasearme por las venas de este ahora mi pueblo, y cada casita suya, cada ventana, cada obertura es un misterio suave con sus habitantes que saludan como en los tiempos de antes, cuando el mirarse significaba algo, era reconocer y aceptar. Y los niños de este pueblo, traviesos y delgados, que juegan por las tardes con una pelota enfrente de la plaza de una iglesia, me parecen niños de otro mundo y hasta el policía que mira despreocupado desde su pequeña entrada de la comisaria me recuerda un personaje de una novela de Guareschi, de estas novelas que pasaban despues de la guerra.
Simplicidad, simplicidad.
Ha llovido y el silencio de las calles de Olivenza me alegra el corazón. Andamos, tranquilas y en paz.
Lydia | Categoria: General | Enlace permanante
Comentario de Joaquín hace 4 años y 50 meses
Comentario de rosa hace 4 años y 50 meses
Comentario de Muralla hace 4 años y 49 meses
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